UNA NEWSLETTER DE RAÚL ALZOLA.

Cada día recibes decenas de emails pero ninguno empieza así…

…se me rompe la bici en Pakistán, y salvo el culo gracias a un militar con metralleta.

Aquí no hay equipo de rescate ni cámaras de televisión. Solo historias que no cambian quién eres… pero hacen difícil pensar igual después.

Newsletter: mensaje de suscriptor

«…gracias de nuevo por romper durante unos minutos las dinámicas mentales en una oficina en el centro de una gran ciudad»

 

…desde este lado del mundo se agradece aire fresco.»

 

-Un suscriptor-

¡Crack!, así sin más

Los soportes del portabultos de la bici se parten sin avisar.

Así, sin más.

 

Después de dormir en un lugar de mierda,

sin desayunar,

lluvia,

y un camino de piedras que ni para burros.

 

Me quedo parado.

Miro la bici.

60 kilos de carga que ahora no puedo mover.

 

Miro el cielo.

Y pienso: “Joder Míster… ¿en serio tiene que pasar ahora?”.

De repente…

un militar se acerca.

Metralleta cargada.

Sonrisa cero.

 

¡Guatefack!

 

Lo que me faltaba.

Qué querrá este tío ahora.

Empujando la bici en Pakistán

Antes de entrar

No te imaginas el subidón que te entra cuando encuentras un caño de agua, después de empujar la bici dos horas bajo un sol que te fríe las ideas por un camino que en el mapa parecía un atajo perfecto.

 

Parece mentira como algo tan básico como el agua se pueda convertir en el elixir más preciado del día.

 

O la gratitud de encontrarte con una familia que te acoge como a un hijo que hace siglos que no ven, simplemente por haber parado a pedir agua con una sonrisa.

 

Son cosas simples.

Humanas.

Que van calando dentro.

 

Aquí no vas a encontrar “cómo comer barato en Turquía” ni fotos perfectas de atardeceres con frases de taza.

 

Lo siento.

 

Vas a encontrar experiencias…

 

de esas que me han ido transformando en otro Raúl muy diferente al que dejó una vida normal en el año 2019 para vivir encima de una bicicleta.

 

Días cojonudos, de esos de guau, ¡cómo mola viajar en bici!.

 

Y momentos en los no me envidiarías ni borracho/a.

 

O sea, días buenos y días que mejor no haberse levantado de la cama.

 

Y luego están los encuentros del camino que primero te cambian el día y después te dejan tocado al despedirte.

 

Una cosa sí te puedo asegurar: cuando llevas demasiado tiempo pedaleando, sin horarios, sin jefes, sin imposiciones, sin likes,…

 

Empiezas a cambiar.

 

Hasta el punto de que lo verdaderamente importante se reduce a apenas 3 cosas básicas: agua, comida y techo.

 

Algo que cuesta más plantearse cuando vives en casa, con la nevera llena y sale agua del grifo.

 

Lo más auténtico de un viaje así no lo verás en las redes sociales, compitiendo contra reels de gatos bailando.

 

Porque esto no es solo un viaje.

 

Son momentos que no hacen mucho ruido por fuera, pero te transforman por dentro.

 

Y a veces ocurren de la forma más tonta.

 

Como aquel día en Pakistán, cuando la bici hizo ¡crack! en un camino de mierda.

 

Si quieres saber qué pasó con mi bici y el militar… estás dentro.